DE NUEVO LOS OBISPOS

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Cándido Marquesán Millán

De nuevo los obispos lanzan sus voces tronitonantes. En esta ocasión, ha sido el arzobispo de Granada, Monseñor Francisco Javier Martínez, quien ha vuelto a ponerse en el ojo del huracán por sus ataques furibundos a la nueva Ley del aborto.                        

 Llueve sobre mojado. Siendo obispo titular de la diócesis de Córdoba, mantuvo enconados enfrentamientos con varios sectores de la sociedad, además de criticar con dureza a los cargos públicos y dirigentes del Partido Popular asistentes a la boda que el vicepresidente primero del Gobierno Francisco Álvarez Cascos, celebró en esta ciudad andaluza. Ya en Granada siguió en la misma línea.  Hace unos meses opinaba que el uso masivo de los preservativos no ha detenido los contagios del virus del sida en África, sino que lo ha propagado, una realidad que, a su juicio, está perfectamente constatada,  en sintonía con las declaraciones de Benedicto XVI. Fue llevado a los tribunales por coacciones y una falta de injurias contra un sacerdote que lo denunció, aunque luego la causa fue archivada.  En  cuestiones litúrgicas parece estar más cerca de Trento que del Vaticano II, al considerar que “los coros rocieros no eran apropiados para las celebraciones litúrgicas. También puso en peligro el certamen de guitarra de La Herradura al negarse a que se celebrara en el interior de la iglesia de la localidad, como venía haciéndose en los últimos veintidós años. Dejó sin oficios religiosos a la localidad de Albuñol, porque sus vecinos se manifestaron en contra del traslado de su párroco, Gabriel Castillo,  “cura de los senegaleses”.  Cortó relaciones con la prestigiosa Facultad de Teología de Granada, regentada por jesuitas, y se llevó a los seminaristas a un nuevo instituto que él mismo había creado.

En junio de 2005, Monseñor Martínez demostró  que no estaba alejado de la política, participando en las manifestaciones en contra de las bodas entre homosexuales. Pero no sólo participó, sino que fletó veintidós autocares para que todos los fieles que quisieran pudieran participar de la marcha en Madrid.

 Y este pasado domingo día 20 de diciembre en la catedral de Granada, en una homilía titulada La humanidad retrocede ante este genocidio espantosoha vuelto a levantar la polémica, al señalar que tras la aprobación de la nueva Ley del aborto, se va a poner a miles de profesionales (médicos, enfermeras,…) -sobre todo, a ellos- en situaciones muy similares a las que tuvieron que afrontar los médicos o los soldados bajo el régimen de Hitler o de Stalin, o en cualquiera de las dictaduras que existieron en el siglo XX y que realmente establecieron la legalidad de otros crímenes, menos repugnantes que el del aborto. …

La dureza de estas palabras sólo puede compararse con la de las emitidas en una pastoral del pasado 18 de octubre, del obispo de Huesca, Monseñor Jesús Sanz, recientemente nombrado arzobispo de Oviedo, de lo que debemos sentirnos todos satisfechos, -por cierto un cristiano oscense me decía cómo se añoraba en la diócesis al anterior Monseñor Javier Oses-, en la que, entre otras perlas, decía:Junto al infanticidio horrendo se da al mismo tiempo el matricidio fatal. Lo intentarán disfrazar como derecho de la mujer (innombrable subterfugio de la irresponsabilidad machista), y dirán que es una demanda social, y que no se quiere la cárcel de la madre, todo ello lugares tópicos, nunca mejor dicho, para propiciar un cruel fusilamiento en un paredón entre algodones cuya fosa común será luego un vulgar cubo de basura

 

Tengo la impresión de que cuanto más duros e intransigentes son en sus palabras y en sus juicios nuestros purpurados contra cualquier Ley aprobada por los gobiernos socialistas, más posibilidades tienen de escalar en el cursus honorum eclesiástico. Sería ético que esa beligerancia fuera siempre igual, independiente del color político del gobierno de turno.  Tampoco nos debe coger por sorpresa, si tenemos en cuenta que desde la desaparición del cardenal Tarancón, los obispos nombrados por Juan Pablo II, y el actual Benedicto XVI,  se han destacado por su profundo carácter ultraconservador, muy alejados del espíritu aperturista y conciliador del Vaticano II.

 

Las jerarquías católicas pueden descender a la arena política y opinar de lo divino y lo humano, como lo pueden hacer otras instituciones. Mas  sería recomendable que usaran unas palabras y unas formas equlibradas, y más todavía, en estas fechas navideñas, ya que las reflejadas en los documentos anteriormente citados no parecen las adecuadas para sembrar la paz. Entiendo que comparar la legislación aprobada sobre el aborto con las de los regímenes de Hitler y Stalin, no puede ser producto más que de un desvarío pasajero, y que además no sería descabellada la intervención de la Fiscalía para analizar tales palabras. Si  hubieran sido emitidas por el presidente de una ONG o un ciudadano no purpurado, es probable que se produjera tal intervención. Los obispos deberían entender que son ciudadanos como los demás, con derechos y deberes. Y si deciden mezclarse en temas políticos, deberían empezar a acostumbrarse a responsabilizarse de lo que dicen, y a que puedan ser contestados por aquellos juicios que hayan emitido. Algo que parece obvio para cualquiera que se sienta demócrata, no lo es para las jerarquías católicas, especialmente las españolas. Y no lo es porque están muy acostumbradas a hablar desde el púlpito, a donde no se puede dirigir réplica alguna. Tampoco estaría de más que comenzara a darse en algunas iglesias cuando se emiten determinadas homilías.  Es lo que yo acabo de hacer en estas breves líneas.

 

 

Publicado en El Periódico de Aragón, 27 de diciembre de 2009.

 

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