CONVIENE NO OLVIDAR

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Cándido Marquesán Millán
               Tengo la impresión de que los que tenemos “la suerte” de haber nacido en este mundo desarrollado, vivimos en una especie de burbuja, preocupados casi con exclusividad por la evolución de nuestra hipoteca, la preparación de nuestras vacaciones, o si nuestro hijo saca una buena nota de selectividad para poder matricularse en ingeniería o medicina; y nos olvidamos totalmente de los problemas de hombres de otras latitudes más lejanas. Por ello, resulta muy recomendable que de vez en cuando, salgamos a otros países y entremos en contacto con otras sociedades y otros hombres con otros problemas.
               Todas las reflexiones, que voy a exponer a continuación,  me han sido sugeridas como consecuencia de un viaje reciente que he realizado a Colombia por motivos profesionales. He visto tantas cosas diferentes a las que mi retina no estaba preparada, que me he quedado noqueado.
He venido impresionado. Este
viaje me ha servido también para replantear mi escala de valores, y dar importancia a aquellas cosas que realmente la tienen. En primer lugar lo que supone vivir en paz. Allí, los colombianos 

están inmersos en un conflicto armado, a modo de un túnel interminable, en el que no se vislumbra final alguno. Es muy complejo, ya que se entremezclan en una maraña intrincada los grupos guerrilleros, las fuerzas paramilitares, los narcotraficantes y los políticos corruptos. Las secuelas son muchas, como los 4 millones de personas desplazadas,  que fueron y siguen siendo obligadas a abandonar sus tierras, sus viviendas, y sus medios de subsistencia por la presión de los grupos armados. No podía imaginar que seres humanos, como yo, pudieran sobrevivir en condiciones tan penosas en barriadas infrahumanas en las afueras de Bogotá, Medellín, Cartagena de Indias o Cali; y que a pesar de ellas, siguieran sobreviviendo. O que la edad media de reclutamiento de escolares para los grupos armados sea de 12,8 años. O que en los últimos años hayan sido atacadas más de 100 escuelas y en los 4 últimos se hayan incrementado los asesinatos de los maestros, que, con un sueldo bajísimo de 400 dólares al mes y con escasa consideración en la sociedad, asumen grandes riesgos al comprometerse en su mayor parte y de pleno en ir creando  una cultura de la paz  frente a la de la violencia. Un colega colombiano me decía que la educación en valores era para él algo irrenunciable. ¿Qué sería de Colombia sin la labor ejemplar de los maestros?  Como hace ya mucho tiempo que esa sociedad es consciente de que la salida de este negro túnel es imposible, ha tenido que adaptarse a esta situación. Resulta sorprendente que ante la existencia de un conflicto armado de tal magnitud la sociedad siga funcionando.

 
               De la misma manera el viaje me ha servido también para valorar todo un conjunto de conquistas sociales recientemente alcanzadas en nuestro país, y que se nos ha olvidado que hasta hace no mucho tiempo nos parecían utópicas. Como lo son ahora en Colombia, donde existen muchos chicos sin escolarizar, y unos deben caminar 2 o 3 horas para llegar a su colegio, cuyo único techo es la copa de un árbol. Igualmente los habitantes de ese país precioso, con unas gentes, en su gran mayoría exquisitas en su trato, carecen de asistencia sanitaria, del derecho a una pensión o el seguro de paro. Como todos sabemos, en España disfrutamos de todo un conjunto de derechos: derecho universal a una enseñanza obligatoria hasta los 16 años, asistencia sanitaria universal, pensiones no contributivas, reconocimiento al cobro de una pensión, seguro de paro, y después de la última legislatura, del derecho a la asistencia a las personas dependientes.
 
        Aquellos que rondamos la cincuentena de años, ya que conocemos de donde venimos y hemos vivido en los años 50 o 60 del siglo pasado, deberíamos tener una atalaya privilegiada a la hora de  apreciar en su justa medida toda esta serie de avances sociales, aunque no siempre ocurre así. Por otra parte, no deja de ser paradójico que siendo hoy la época de la Historia de España en que tenemos más cosas, no parece que exista en lógica correspondencia un alto grado de satisfacción en una parte importante de la población.
 
        Tengo la impresión también,  de que las generaciones jóvenes todos estos avances los valoran todavía menos, ya que al haberlos disfrutado desde su nacimiento, han llegado a pensar que han existido siempre. De que piensen así, en buena parte somos culpables las generaciones  que les hemos precedido, ya que deberíamos haber asumido la tarea pedagógica de recordarles de que no siempre ha sido así.
 
     
 
        Los españoles tenemos una gran capacidad de olvido. Todos  debemos estar orgullosos por el hecho de haber ingresado en el círculo restringido de los países que han entrado en el Estado Bienestar. Lo que no deberíamos es emborracharnos del éxito. El recordar es conveniente, para que no nos ocurra aquello que tengamos que dar la razón al refranero popular: El que de trapo llega a toalla, no sabe donde colgalla.
 
 
 
 

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